viernes 9 de mayo, 02:27 PM
César Muñoz Acebes
Washington, 9 may (EFE).- La comunidad internacional, con EE.UU.
a la cabeza, asiste impotente a los juegos de poder con la ayuda a los damnificados del ciclón Nargis por parte de la junta militar birmana, sobre la que tiene muy poca influencia, según los expertos.
Los números ponen los pelos de punta: unas 23.000 muertes y 42.000 desaparecidos, según las cifras oficiales, que probablemente subestimen la tragedia, según Chris Beyrer, un epidemiólogo de la Universidad Johns Hopkins.
Algunas organizaciones sin fines de lucro han calculado las muertes en 100.000, incluidos los primeros fallecimientos por enfermedad, explicó Beyrer.
El delta del Irrawaddy, con sus centenas de miles de personas durmiendo a la intemperie, es ahora terreno perfecto para el cólera, la malaria, el dengue y la bacteria del e.coli, dijo el médico.
Sin ayuda externa, un 20 por ciento de las personas afectadas por esas dolencias morirá, pero sólo habrá un uno por ciento de mortalidad si los expertos extranjeros llegan al paÃs con la ayuda necesaria, explicó.
Sin embargo, la junta militar birmana que gobierna con mano de hierro ese paÃs desde hace veinte años ha negado los visados de entrada a todos los cooperantes extranjeros por ahora, dijo una directiva de una organización humanitaria que opera en esa nación asiática.
La fuente pidió no ser identificada por miedo a ser objeto de represalias por parte del régimen.
De las 100.000 personas que se beneficiaban de sus programas en el valle del Irrawaddy antes del azote del ciclón hace una semana, 12.000 han muerto, reveló.
El Gobierno birmano se apropió ayer de dos cargamentos de suministros del Programa Mundial de Alimentos y el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, se quejó hoy de que los lÃderes del paÃs no habÃan querido hablar con él.
Pero la dictadura birmana es poco susceptible a la presión externa.
"El Programa Mundial de Alimentos tiene poca influencia en el Gobierno", reconoció Tony Banbury, director de las operaciones en Asia de esa agencia de Naciones Unidas, en una teleconferencia desde Bangkok durante un foro público que tuvo lugar hoy en Washington.
Los paÃses vecinos, y China en particular, son las naciones con más influencia sobre el régimen, según los expertos.
Patrick Marcham, el director del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, dijo en el foro que su Gobierno pidió a PekÃn que presione a Rangún para que permita la entrada de ayuda de su paÃs.
El régimen ha dado autorización para que aterrice un avión de asistencia estadounidense, pero un equipo de evaluación de los daños y las necesidades de ese paÃs sigue en Tailandia a la espera de la luz verde, dijo Ky Luu, director de la Oficina de Asistencia en Desastres de Estados Unidos.
Poco más que esperar puede hacer Estados Unidos, según los expertos, dado que carece de mecanismos para propiciar un cambio de opinión en Birmana por la gélida relación entre ambos paÃses.
Washington impuso hace unos meses nuevas sanciones contra la cúpula militar birmana por las violaciones de los derechos humanos.
El martes, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, instó a Rangún a que acepte la ayuda de su paÃs, pero lo hizo en un acto en el que otorgó el máximo galardón civil a la lÃder del movimiento democrático birmano y Nobel de la Paz de 1991, Aung San Suu Kyi, que está bajo arresto domiciliario desde 2003.
La propia designación del paÃs es asunto de discordia, pues Estados Unidos lo llama Birmania, en lugar de Myanmar, el nombre que le puso la junta militar en 1989. La ONU, en cambio, usa Myanmar.
Banbury aventuró que la negativa a permitir la entrada de trabajadores extranjeros puede estar relacionada con el referendo sobre la nueva Constitución que tendrá lugar mañana en el paÃs.
El régimen no querrÃa que personas externas observaran las medidas de intimidación para garantizar el sÃ, según denunció Beyrer.
Tampoco querrÃan que vean al ejército ocupado en unos comicios sobre un texto redactado por un puñado de personas en Rangún, mientras en lo que eran los arrozales de las márgenes del Irrawaddy campa la enfermedad, la desesperanza y la muerte. EFE
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