jueves 7 de agosto, 08:20 AM
PEKÍN (AFP) - Que China es un país de contrastes ya no es novedad y en Pekín basta con salir del centro olímpico, ordenado y organizado, para encontrarse con un mundo desordenado, alocado, apurado, poco preocupado por los detalles y que sólo habla mandarín.
El Tribunal Arbitral del Deporte (TAS) convocó a una conferencia de prensa para anunciar su decisión sobre los futolistas convocados a los Juegos Olímpicos y por supuesto hubo que ir a escuchar que tenía que decir el secretario general el organismo, Matthieu Reeb.
En el afán por mostrar que es un organismo independiente el TAS no tuvo mejor idea que citar a los periodistas a un hotel en el centro de la capital, no lejos de la Plaza Tiananmen y bien alejado del núcleo de los Juegos, concentrado en el Parque Olímpico al norte de la ciudad.
Si dentro de la zona restringida a la prensa los guardias y cualquier otro funcionario se desplazan en fila india junto a sus compañeros como si estuvieran desfilando, fuera de la misma existe otro universo.
Para llegar al hotel en cuestión la mejor opción era un taxi, o al menos eso parecía.
Ya en la parada de dichos vehículos esperaba una larga fila de rodados azules con vivos dorados, la gran mayoría de marca coreana y no de las locales que comienzan a invadir América Latina y otras partes del mundo.
Con un poco de prevención se logró que una voluntaria escribiera en un papel y en mandarín la dirección del hotel, así se obviaba el problema del idioma. También marcó en un mapa del metro la estación más cercana.
En la fila de taxis un hombre obeso para la media china daba indicaciones sin pausa a los conductores. No se tomó ni un segundo para observar el papel salvador y enseguida gritó, vaya a saber uno qué, a un joven de camisa amarilla que esperaba junto al vehículo.
Apenas instalados en el taxi el conductor preguntó algo en su idioma haciendo caso omiso a los ojos occidentales de su pasajero. El silencio y la perplejidad fueron la respuesta.
A poco de iniciado el viaje, a una velocidad moderada pero aterradora por los bruscos cambios de dirección, el hombre se percató de que estaba perdido y tras solicitar ayuda en vano a su atribulado acompañante optó finalmente por leer el papelito salvador.
Pero ya no lo era, sus poderes no perduraron más allá del hombre de los gritos. El conductor lo tomó con su mano izquierda y con la derecha empezó a dibujar en el aire los símbolos que leía, como si tratara de entender las infinitas variaciones que posee su propio idioma.
Tras varios minutos de absoluta confusión, incomunicación y calor sofocante, apareció el mapa del metro y al menos ayudó para identificar hacia dónde se debía ir.
El resto de la odisea transcurrió sin mayores problemas en medio de un tránsito alocado y desordenado y cruzado por bicicletas; sí, todavía hay bicicletas en las calles de Pekín.
A pasos de las grandes avenidas, grandes edificios y tiendas, se abrían callejones que conducían a viviendas precarias, colocadas casi una sobre la otra y que son el hogar de millones de pequineses.
Allí la imagen era la de cualquier país en verano: ancianos tomando un poco de aire y los pocos niños que uno ve en Pekín ilusionados con un helado o dando sus primeros pasos, siempre acompañados por un adulto.
Una vez terminada la conferencia de prensa hubo que comenzar a planear la "larga marcha" de regreso a la zona olímpica. La misma fue en el metro.
Promedio (Not Rated)
Copyright © 2008 AFP.